De cómo uno empieza y sigue aprendiendo y enseñando...

Por Martin Harveyoctubre 31, 2020

Hablé o, mejor dicho, comencé a balbucear en inglés como mi primer idioma. No recuerdo mucho de eso. Mis padres se separaron un año antes de comenzar la escuela primaria y en casa se dejó de hablar inglés. Mi madre no quería seguir hablando ese idioma y yo tampoco, ya que todo el mundo habla castellano en Argentina. Sin embargo, el inglés siguió rondando nuestras vidas, por una cosa u otra, y en mi adolescencia decidí empezar a leer a Dylan Thomas y T.S. Eliot en inglés y eso, más la música rock y las películas, reflotaron mi interés por el estudio de la lengua inglesa, un actividad que prosigue hasta el día de hoy.

A mis 25 años trabajaba como transcriptor en el diario menos importante del mundo. La empresa estaba en bancarrota y lo que nos pagaban no nos alcanzaba para vivir. Un compañero de trabajo, unos años mayor que yo, muy intelectual y muy inteligente, insistía en que enseñase inglés. Yo me negaba. Le decía que no podía porque no sabría cómo enseñar. Pero mi amigo fue más lejos y puso un aviso en el diario promocionando mis clases a domicilio. Así empecé a enseñar inglés, casi sin querer.

Los primeros estudiantes que tuve me abandonaron pronto porque no sabía cómo entregar la información: quería enseñar todo de golpe. Mis primeros estudiantes se asustaban y abandonaban. Pronto aprendí a regular el flujo de información y fui aprendiendo a enseñar, que es algo que continúo haciendo. Como dijo Borges: “Me encanta enseñar porque sigo aprendiendo”. Con el tiempo fui probando ejercicios que se me ocurrían, para hablar solo en inglés y usar poco o nada el castellano. Luego me di cuenta de que cada estudiante es un mundo y necesita atención especial: cada estudiante debe ser pensado para encontrar la forma más simple y agradable de acercarse para que aprenda. Luego estudié inglés y me recibí de traductor público pero no aprendí a enseñar en la universidad; aprendí a enseñar enseñando.


Siempre recuerdo a una estudiante que tuve muy al principio de mi carrera de teacher. Ella estaba haciendo una tesis en lingüística y quería practicar conversación para defender su tesis con un profesor estadounidense. Conversábamos: ella  me explicaba su tesis y yo intentaba corregir su inglés que, realmente, casi no necesitaba ser corregido y cuyo vocabulario era -según me di cuenta de inmediato- bastante más vasto que el mío. Lo cierto es que mientras ella exponía su tesis yo tomaba nota mental de todas las palabras difíciles, big words, que ella usaba. De vuelta en casa buscaba esas palabras y sus sinónimos y estudiaba y cuando volvía a verla la sorprendía con mi extenso vocabulario. 


A partir de esta anécdota quiero refrescar la idea de que un maestro es muchas veces simplemente un buen interlocutor. Esa estudiante tenía más vocabulario que yo pero no lo manejaba con fluidez, y ahí era donde yo entraba en juego, ahí era donde yo le era realmente útil. Ella aprobó su tesis y quedó muy agradecida conmigo y yo nunca me animé a decirle todo lo que había aprendido enseñándole a ella. Hoy, si volviese a verla, se lo diría.

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